Hoy pareciera transitar una cierta normalidad. Pero basta con caminar en los alrededores de Plaza «Dignidad», para encontrar las huellas palpables del «Estallido Social», como le llaman mayoritariamente. Los «rayados» (pintadas) se extienden por más de 4 kilómetros a lo largo de la Alameda. Y se intensifican en los alrededores de la plaza que ha sido el epicentro de las manifestaciones. «Paco Culiao», «Paco Violador», «Paco Jalero», «Paco Asesino», «Paco Perkin» – jerga tumbera que significa sirviente o esclavo- y «ACAB» – acrónimo en inglés que significa All Cops Are Bastards (Todos los Policías son Bastardos)- se repiten una y otra vez, a lo largo de cuadras y cuadras. «Cría pacos y te sacarán los ojos», sintetiza otro. «Fuera Piñera», «Renuncia Piñera», «Piraña», acompañan el estribillo de los muros. «Piñera te amo, te amo a matarte», «No era sequía, era saqueo»,  «No habrá paz, sin justicia», «Pueblo Consiente, Pueblo Valiente», «No hay miedo». Y bien grande, con letras gordas y de varios colores: «DIGNIDAD». Las pegatinas, por doquier, socializan el arte rebelde y la creatividad popular al servicio de la Rebelión. Hice una colección de fotos con estas obras del pueblo, para el pueblo. (Pueden verlas aquí).

Veredas, cordones, asientos y muros aparecen como roídos, mordisqueados. Son las minas de proyectiles de la «Primera línea», y más. Y son el testimonio de una rebelión que no ha terminado. Lugares públicos y privados tienen nuevos blindajes de chapa, que señalan cuáles han sido los blancos de la ira popular: bancos, comercios, instituciones gubernamentales. Claras remembranzas de un diciembre de 2001.

«Plaza Dignidad»

Llegamos el viernes 3 de enero y por la tarde fuimos para La Plaza. Sentados en el pasto del parque Balmaceda, veíamos el hormigueo de gente que iba bajando hacia la rotonda de Plaza Italia, hoy «Dignidad», adornada por un ecuestre de Baquedano, un especie de Mitre o Roca a la chilena. En la misma dirección pasó una manada de Carabineros, munidos de cascos, palos y escudos. Silbidos amorosos acompañaban su pesado andar de verdugos. Tipo siete, con alegría y cierto temor, nos dirigimos al centro de la fiesta. Una orquesta de bronces interpretaba «El derecho de Vivir en Paz» y otros clásicos de las luchas y canchas. «Ya van a ver, las balas que nos tiraste van a volver…», coreaba el estribillo. Un tipo se había instalado en la cabeza del caballo de bronce, flameaba una bandera chilena bien grande, que tenía algo escrita en todo el lienzo. Allí se quedó. Más tarde algunos quisieron compartir el privilegio de las alturas. Pero la cabeza era de él. Al ratito empezaron los tambores y se formó una ronda alrededor de ellos. «Chelas fresquitas», «agüita» y hasta mojitos se ofrecía a precios populares. Tampoco faltaba el merchandising «Chile despertó». Protagonizado por la figura estelar del «Negro Matapacos», el perro negro antiyuta que se ha convertido en un símbolo de la protesta.

Se armó otro círculo y entraron los «Chinchineros». Una forma de bombo con platillo, bien tradicional de la cultura popular chilena. El Chinchinero cuelga un bombo a sus espaldas, como si fuera una mochila sonora. Mientras da vueltas sobre su eje, golpea el bombo con dos palillos largos volteados hacia atrás, a la vez que hace chocar los platillos con su pie, mediante una cuerda enganchada en su talón. El arrollador compás es acompañado de un baile, con gambetas y trompos, que va acelerando hasta dejar sin aliento al espectador. Un Chinchinerito demostró sus dotes de aprendiz y se ganó el corazón de lxs presentes. Mientras, la plaza llegaba a su punto más alto de asistencia y yo pensaba que la revolución era ese sencillo compartir de un pueblo.

A eso de las 21 el aire se puso ácido. A pocas cuadras sonaban los impactos y empezaron los primeros trotes y caras nerviosas. Seguimos la marea humana y nos replegamos en el parque forestal. En el fondo se veía un humo denso y un resplandor naranja que teñía el atardecer. Después nos enteramos que habían quemado la iglesia de Carabineros. Un lugar que juntaba demasiados signos de sumisión, para un Chile que hierve de rebeldía.

El reflujo impaciente

Estamos en un reflujo, me advierten lxs compañerxs que tengo de este lado de Los Andes. Efectivamente, el viernes éramos muchxs, miles, pero antes ha habido millones. Aún así, la ola no termina de replegar. Y hay una tensión en el aire, que anuncia un nuevo choque. «Esto retoma en marzo», nos dice un taxista. Una apreciación que concuerda con la que horas antes nos transmitieron lxs compas de «Convergencia 2 de Abril». Para ese mes está programado el paro feminista del 8M, además el 11 se cumplen 2 años del gobierno de Piraña. Por otro lado, se espera que la campaña por el plebiscito por la reforma de la constitución, convocado para abril, también agudice las luchas y el debate político.

La Rebelión no se lee sólo en los «rayados». En «la micro» también está presente. «Hay que cambiar la constitución, si la hicieron en tiempo de dictadura, poh», dice un hombre que habla por teléfono detrás mío. No sé cómo llegó hasta ahí, segundos antes hablaba de lo mal que le había caído la comida. «Me voy acercando a la jubilación, a cobrar una miseria», le dice a su interlocutor. En otro que tomamos al día siguiente, un payaso que hacía su espectáculo por unas monedas, no dejó afuera el tema de la revuelta. De origen plebeyo y popular, en su discurso se mezclaba el sentido común dominante con las grietas que abrió la irrupción de las masas. Hasta un cantor bien tradicional, que metió a dios en todos los versos, hizo mención a «Plaza Italia», y fue el único momento donde rió, como quien habla pícaramente de aquello que está prohibido. Después de más de 40 años de derrota, de un individualismo forjado a fuerza de represión y un consumismo desenfrenado, el pueblo vuelve a reencontrar la identidad colectiva. Le pone nombre y apellido a sus demandas. Señala el origen de sus males y ha desbordado todos los cauces de la institucionalidad podrida, que construyeron las clases dominantes en la post dictadura. La protesta carece de grandes liderazgos. Ha puesto en jaque a todas las dirigencias políticas y sociales. Los niveles de inorganicidad y espontaneidad son altísimos. Nadie puede arrogarse la dirección del conflicto. Para bien y para mal. La victoria de décadas de neoliberalismo, que había logrado romper e impedir toda forma de organización social y sindical, está viendo hoy su opuesto dialéctico. La irrupción violenta de un pueblo sin grandes organizaciones puede tardar más, pero cuando estalla, no hay canales que puedan contener, moderar o negociar con su ira y sus demandas. El contraste con lo que sucede en Argentina o lo que pasó en Ecuador en octubre, es bien notable. Estos niveles de acción semi espontanea han extendido la protesta por meses, y nada indica que esté pronto a culminar. En sentido opuesto, la ausencia de una dirección clara de la revuelta dificulta el camino hacia la victoria. Si no se logra una mayor centralización de la acción popular, los golpes al enemigo se tornan más débiles, la fuerza se desgasta, divide y se corre el riesgo de no alcanzar ninguna demanda y sufrir mayores embates represivos. La emergencia de una dirección genuina es uno de los grandes desafíos del estallido. De ello dependerá en gran medida la suerte de esta lucha.

«No se puede vivir sin conocerlo»

Valparaíso fue una clara muestra de estos dos aspectos. El día que llegamos caminábamos por el «Plan», la pequeña franja de llanura de la ciudad porteña, que crece trepada a los cerros, cuando nos topamos con una barricada. No más de 50 «cabrxs» se enfrentaban con los Pacos, con «guanaco» (carro hidrante), gases, palos y balines. El compañero chileno, que iba con nosotrxs y que milita en esa ciudad, no tenía idea de que algo así sucedía en el centro porteño. Y la pequeña batalla duró hasta la noche. Los días siguientes ocurrió casi lo mismo. La barricada se iba corriendo hasta llegar a la plaza Anibal Pinto, hoy «Plaza de la Rebeldía», para diluirse lentamente cerro arriba. El resto de la ciudad seguía su curso «normal». De hecho, cuando se abría algún claro entre las barricadas se colaban los micros, entre los fuegos, gases y balines. Hay una nueva rutina en Chile, que ha incorporado la protesta en su escenario de lo cotidiano.

Caminábamos en dirección al centro y nos topamos con un tipo soldando fierros en la vereda. «A estos es a los únicos que les ha ido bien», nos comenta el compa. Es que todo el «Plan», donde se encuentra la zona comercial, está totalmente blindado. Por allí desfilan todas las marchas. Además ha habido saqueos. A los más espontáneos de los primeros días, le han seguido otros, organizados por pequeños grupos que han aprovechado el contexto del estallido para continuar con estas acciones. En varios locales se leían letreros que rezaban cosas como «apoyamos las demandas, por favor no quemen». La Mesa Social de Valpo sacó un afiche que dice «El pueblo no saquea al pueblo. La Mesa Social apoya al comercio local y a sus trabajadorxs». Son los claroscuros de la rebelión.

Al día siguiente había otra reunión en plaza Pinto. Me acerqué a un muchacho para saber qué pasaba. Como se extendió la charla le pregunté qué pensaba de lo que ocurría. Me lo ilustró diciéndome que en el «colectivo» (taxi compartido con un destino fijo) ahora se conversaba. Que desde el 18 de octubre las charlas fluían y se compartía pareceres sobre lo que pasaba. «A veces toca quien está en contra también». Son una especie de pequeñas asambleas móviles. «Recuperamos el sentido de comunidad», me dice. Algo muy parecido me transmitió un amigo de Santiago, que vive en Ñuñoa. Hasta en la iglesia de la comunidad las doñas festejaron el estallido y la violencia popular. «Oiga, yo lo vi tirando pieiras», le dijo una señora. «Y yo la vi a usted caceroleando», le contestó mi amigo. «¡Sí, salió wena!», rieron juntos.

El último día en Valpo fuimos a una marcha por Matías Orellana, un compañero de «La Klandestina», murga de estilo uruguayo de la ciudad, que perdió un ojo por la represión. Se juntó la gente en la plazoleta y en un momento salimos a la calle. Prácticamente no había carteles ni banderas, excepto una barredora que pedía justicia por Matías. De golpe tomamos la calle y los buses que transitaban por la avenida céntrica seguían lentamente la procesión. No hubo bocinas, ni bronca. Es parte de lo cotidiano. Nosotrxs íbamos un poco nerviosxs. No sabíamos si habría o no represión cuando llegáramos a la puerta del hospital. Finalmente todo terminó en forma pacífica, aunque se encendieron unas barricadas y un cabro desconectó a palazos una cámara de seguridad de una de las esquinas. No obstante, después que terminó el pequeño acto, se empezó a cantar «¡Avanzar y quemar, el Congreso Nacional!». Un contingente importante partió rumbo al Congreso, que estaba a escasas cuadras. A eso de las 12 de la noche, las barricadas llegaron a la puerta del hostel en el que estábamos, unas cuadras cerro arriba. Los gringos miraban por la ventana. Nosotrxs salimos y llevamos unos hielos para un cabro que había recibido un balín muy cerca del ojo. Una médica lo atendió allí y le recomendó ir al hospital. Hacia allá partió.

«El baile de los que sobran»

El viernes 10 de enero volvimos a Santiago. Mi compañera se fue a participar del «II Encuentro Plurinacional de las que Luchan», y yo me fui a «Plaza Dignidad». Ese día los pacos habían tomado la plaza. Por lo cual la lucha empezó de temprano. Cuando yo llegué, alrededor de las 6 de la tarde, ya los habían desalojado. Y el pueblo estaba en la plaza y los pacos formados a lo ancho de calle Providencia. Una pibita en bicicleta se acercó hacia donde estaban los milicos en línea y les hablaba pegadita al vidrio de los cascos. ¿Qué les decía?, no lo sé. Yo estaba como a 20 metros. Lo que sí sé es que ya nadie les tiene miedo. Ese día la represión estuvo fuerte. Del guanaco salía un chorro fétido, de colores verdes amarronados. Un compañero que estaba con nosotrxs, y que apenas fue rociado por ese líquido, por la noche tenía erupciones en la piel.

Esa tarde internacionalista la compartimos con una tana de Bologna. «Somos indios en rebelión. ¡Pómulos arriba!», le explica un compañero. En determinado momento, munidos de máscaras, decidimos ver más de cerca el enfrentamiento de la «Primera Línea» con los pacos. No alcanzamos a hacer 10 metros que los gases nos hicieron volver sobre nuestros pasos. Me ardía la cara completa. Como si me hubieran tirado un ácido. Varixs compas anónimos acudieron con sus rociadores y me lanzaron bicarbonato, que me alivió parcialmente. Ya había estado fumando gases, pero estos eran muy potentes. A los dos minutos, mientras tratábamos de retomar nuestra iniciativa, vimos que venían decenas de la primera línea haciendo arcadas y tosiendo. Ese día la guerra contra el pueblo no escatimaba en tóxicos. Finalmente pudimos ir un rato después y ver bien de cerca la batalla desigual, pero decidida, que se libraba en el frente. El chorro del guanaco dispara y dispara. Los gases caen, uno tras otro. Nos replegamos, pero la ofensiva vuelve. Piedras, sólo piedras. Y el láser que llena de manchas luminosas el guanaco y pinta casi por completo un helicóptero que nos vigilaba desde lo alto. En la segunda línea está la música. Parlantes sobre los hombros, hay compañerxs que se encargan de nutrir la moral combatiente con los sonidos del pueblo. Cuando decidimos replegar, sólo a una cuadra, en la plaza se vivía una fiesta. En la esquina un grupo saltaba al ritmo de «El baile de los que sobran», un hitaso de los ‘80, que ha vuelto junto con otras canciones y consignas del pueblo. Otro cabro se comía un plato de lenteja. A mí me causó gracia, todo esa escena en el medio del caos. El me ve y me dice, «oye, si quieres ahí reparten gratis». Efectivamente, hay un par de pibas que los viernes organizan la olla común de «Lentejas Combativas», para alimentar a lxs que luchan.

A los dos minutos la posta sanitaria pasó llevando a alguien en una camilla. «¡Fuerza cabro, vamos!», le decían a su paso.

Al día siguiente pude participar de una actividad en la plaza Manuel Rodríguez. En una de las esquinas hay un edificio tomado, donde viven varias familias y la organización ha formado un Centro Cultural y Social, que ese día hacía su presentación al barrio. Allí pude cantar un par de mis canciones rojas, incluyendo los dos temas que me parió la lucha del pueblo chileno. Aunque ellos no se enteraron, compartí escenario con «Con$pirazion», grupo rapero de comienzos de este siglo, que se reunió especialmente para asistir a la actividad y que ha acuñado temasos como «Rojinegro» o «Vamos». Niñxs, jóvenes, adultxs y ancianxs, compartimos toda la tarde hasta entrada la nochecita en la plaza. Este Chile nuevo que visité esta vez, me gusta mucho. Recuperando el espacio público. Reencontrándose, rompiendo los muros del individualismo, del miedo, del sálvese quien pueda. Aunque todavía falta. «Todavía no hemos ganado nada», escuché muchas, muchas veces.

«Nuestros nietos se han levantado»

«Nuestros nietos se han levantado», me dice una querida compañera que fue del MIR en los ’70. «En el ’74 salíamos a tirar panfletos a la madrugada. La verdad es que no teníamos armas, pero de esta manera el pueblo sabía que, a pesar de todo, se estaba haciendo resistencia», me cuenta. «Ahora sé que todo aquello no fue en vano», me dice y sonreímos. El vocero de los estudiantes secundarios, y que estuvo al frente de las peleas contra los exámenes de ingreso (PSU), Victor Chanfreau, es nieto de Alfonso Chanfreau, militante mirista, torturado y desaparecido por la dictadura pinochetista. «Todo está grabado en la memoria», diría León. El hijo de esta compañera milita desde «la media». Nunca podrán detener la lucha por la justicia y la igualdad.

Así, cargado, me vuelvo para Argentina. Paso por Mendoza que supo defender el Agua y leo la tapa del «Los Andes», que dice que los ríos mendocinos traen un 20% menos de agua que el verano pasado. La casta inmunda que nos gobierna cree que el mundo es una mercancía. Son ventrílocuos del capital. Cada día más, sólo confío en los pueblos. Pude vivir los últimos días de la «Rebelión de Lxs Hijxs del Agua», alcancé a palpar algo de lo mucho que pasa en Chile. Allí está la esperanza viviente. Los pueblos reencontrándose a sí mismos. Abriendo grietas en el tiempo y el espacio, tomando naturalmente las consignas más radicales, avanzando en conciencia, mirándose a los ojos y pensando en seguirla… ¡Hasta que la Dignidad sea Costumbre!

Amén.