Es verdad, cuando uno se asoma al borde del Paraná, parece que el agua es infinita. Desde la costa de esa mole marrón, que baja silenciosa, extendiendo sus brazos al mar, es difícil imaginar la finitud del agua. Creo que a la orilla del rey de los ríos, nadie está en condiciones de pensarlo. Quizá por eso, como si fuera un barril sin fondo, tiran y tiran sobre su cauce … Pero ese es otro tema.

Yo crecí en Las Heras, municipio pobre del Gran Mendoza. LasherIndios/as, nos dicen. Mi casa estaba en la frontera. El Zanjón de «Los Ciruelos», un hilito minúsculo de agua, perdido en el medio de un enorme cajón de cemento, nos separa de Ciudad Capital. La esquina de mi casa todavía era de tierra. El Zanjón marca los límites administrativos, y mucho más. En verano era una fija: en Las Heras faltaba el agua. A veces, desde la vereda de mi casa podía ver cómo, enfrente – del zanjón para allá- las doñas regaban la vereda, mientras algún macho alfa lavaba su auto. Pero en verano, en Las Heras, faltaba el agua.

Es que Mendoza es un desierto. Más allá de las clases sociales, el agua es escasa. Es un bien preciado.

Tenemos un orgullo cuyano por las acequias, por esas manos ancestras que vencieron al desierto. Por esa agüita saltarina que recorre las ciudades y las vides. Y por esos árboles, plantados uno por uno.

Hay una parte del Parque «General San Martín» – el bosque artificial más bello que conozco – por la que siempre me gusta pasar cuando voy con alguien que visita Mendoza. Es por los bordes. Ahí se ve clarito. De un lado, el Parque. Ese planificado, sembrado, cuidado, regado. Que bebe de las acequias y de las manos de varias generaciones. Del otro, el monte. Ralo, petacón, pinchudo, polvoriento. La Mendoza cruda. El desierto amigo. El sol rajante.

El agua baja de la cordillera. Esa sombra omnipresente en el horizonte. La guardiana de Mendoza, que paciente cuida la ciudad ruidosa y arbolada. Trepar un cerrito, hacer unos kilómetros montaña adentro, es un reencuentro con el origen. De ahí venimos, siempre, saltando piedritas, afluente por afluente, con un murmullo frío, de los picos nevados. Y en cuclillas, formar un cuenco con las manos, para beber del agua más pura. Esos somos.

En Mendoza no llueve. De verdad que no llueve. Se han mofado de mi aversión a esas semanas de lluvia infinita, que tiene este pantanal pampeano. Yo crecí donde la lluvia es «cada muerte de obispo». Con esos cielos diáfanos. Azules, limpios. El agua no cae a baldes del cielo, baja de los cerros. Pura, saltando piedras. El agua es la montaña.

La ley 7722 también bajó de los cerros, floreció en las vides y frutales. La ordenó el zorrito, el ñandú y el guanaco, la jarilla, el aguaribay y el piquillín. El cóndor, el puma y el choco cimarrón del pedemonte. Es una ley que tomó la legislatura. Que irrumpió en la sala de los amigos de la coima y las falsas promesas, para poner en letras de molde la memoria del agua.

Hoy, una dirigencia política colonizada, alienada por las lógicas del capital, quiere destruir todo lo que somos. Comprados con espejitos de sangre y lodo, han sido capaces de regalar las raíces. Y vestida de ley, salió la muerte de la legislatura provincial.

¡Por eso Mendoza está de Pie! Y se levanta el Cacique Guaymallén, el pueblo Huarpe de las lagunas; el criollerío pata de polvo, mano de cayos y surcos. La tanada muerta de hambre, que se cruzó un océano por tener la tierra. La Bolivia, del ajo, papa y vendimia. La Mendoza de antes que se llamara. Cuyum. Montaña, río, la Pacha .

Y desde San Carlos salieron a pata. 100 kilómetros a pata, para que sepan los ventrílocuos del capital que no se trata de un «grupito ambientalista», ni una «barrita» de diez. Es el pueblo. Y esto es una pueblada. ¡La Rebelión de Lxs Hijxs del Agua!

Nos han declarado la guerra. La guerra por el agua. El desgobernador Suárez, su partido, el otro partido de «oposición», el Presidente y todas las corporaciones mineras quieren matar a Mendoza. Volarla por los aires en nombre del progreso, el crecimiento, la estabilidad fiscal y el cinismo genocida-ecocida, de esta casta corrompida por la tasa de ganancia. De verdad que los compraron por migajas, las corporaciones más dañinas del mundo. Y las migajas de las migajas, se las comieron los medios de desinformación masiva. A los ratis les dieron las «muchas gracias», pero igual reprimieron con gusto.

Y se equivocaron feo. Porque en Mendoza no está todo a la venta. Hay un pueblo que no se vende. El agua de Mendoza, No se Negocia. Y en las calles hay un río de pueblo, que defiende su derecho a ser.

Estos días han sido muy duros para mí. Lejos. Descargando mi rabia y dolor en las redes. Lejos de mis calles que caminan la bronca y la alegría. Sin poder compartir esos abrazos hondos de quienes nos encontramos de este lado del río.

Amigas, amigos, de Los Andes al Paraná, esto es de verdad: el agua no es infinita. Ni la cordillera, ni la pampa verde, del horizonte amplio. El planeta no es infinito. Por eso, con la potencia rebelde de Mendoza que despierta, hay que plantarse contra ese crecimiento a pura muerte, que nos venden como el único posible.

Porque otro mundo es posible y necesario. Y ese mundo, cualquiera sea, necesita AGUA.

Que se oiga fuerte nuestro grito:

¡Fuera Entreguistas!

¡Devuélvannos la 7722!

¡No a la modificación de la 5001 en Chubut!

¡No a la Megaminería!

¡Paren de fumigar!

¡El Paraná No Se Toca!

¡Viva la Rebelión de Lxs Hijxs del Agua!


La ilustración me la prestó la Ali Motta- Vean su hermoso trabajo por aquí: facebook.com/MOWERAlicia/