Tengo una anécdota pintoresca de la única vez que me tocó conversar cara a cara con un “servicio” confeso.

El cuento tiene su gracia, porque de los años que he militado en diferentes espacios estudiantiles, gremiales y políticos, y de ser reconocido como zurdo por mis amigos, la primera vez que me encontré con un servicio -sabiendo que lo era- fue en un gimnasio: al que asistíamos los dos.

Me veo en la obligación de hacer un paréntesis explicativo respecto al tema del gimnasio, porque mis flacos brazos y mi renuencia a asistir a ciertos lugares podrían quitarle, a ojos de quien me conocen, veracidad al cuento.

Entonces, resumo: en un cotejo futbolístico amateur (pero jugado a vida o muerte) junto a mis amigos en Mendoza, y en el que yo me desempeñaba como arquero (la última vez que lo hice bien) me saqué un hombro salvando un “mano a mano-casi gol”.

Varios años más tarde, ya en Rosario, haciendo un movimiento brusco y ridículo me volví a sacar el mismo hombro en mi propia casa. Luego de asistir al HECA -y recomendar a mi re compositor, que me preguntaba por lecturas de historia, que leyera Milcíades Peña- tuve que asistir a varias sesiones de rehabilitación.

En la primera que voy la doctora que me vio me dijo: “¡ahhh, pero que flaquito!, ¡tenés que fortalecer ese hombro!, ¿vos tendrías problemas de ir a un gimnasio…?. Si se te vuelve a salir te vas a tener que operar”

Bueno…

Luego de terminar las magnetoterapias, que no sirven para un pedo, me decidí a salvar mi hombro y me inscribí en un gimnasio de Zona Sur, a pocas cuadras de mi morada. Lejos de lo que mis prejuicios me decían, el gimnasio estaba lleno de gente rara (rara en serio) y sólo un par de adoradores de sus músculos.

Entre ellos había uno (raro y adorador a la vez) que entraba corriendo, hacía mil abdominales, corría de un aparato a otro, levantaba mil kilos y se iba corriendo. Así todos los días.

Como era un gimnasio pequeño, al poco tiempo me saludaba con casi todos. Resulta que una vez caí cerca del horario de la siesta. Como buen “cualquier cosa” en un barrio, a esa hora no andaba ni el gato y entonces en el local sólo estábamos el muchacho hiperquinético, el petiso dueño del gimnasio (otro digno de un identikit) y yo. Conversábamos de alguna boludez, mientras el petiso cerraba el local, y en un momento el “muchacho” me pregunta:

-“¿y vos a que te dedicás?”

– “Profesor de historia” le digo, “¿y vos?”

– “Gendarme”, me responde…

(¡chan!)

– “Ahhh”, respondí haciéndome el natural. “¿Y con el pelo largo no te dicen nada?” repregunté con tono de niñote inocente. Resulta que el muchacho tenía el pelo larguito hasta los hombros al mejor estilo “He Man” o “Príncipe Valiente”.

– “No, lo que pasa es que trabajo en inteligencia”, me responde con cara de caniche toy.

(¡requete chan!)

El petiso del gimnasio, con buen sentido común, interrumpe y le dice: – “Che, me parece que esto vos no lo tendrías que decir”.

-“No pasa nada”, dice He Man. “Es como un trabajo de periodista”, me explica. “Ahora, por ejemplo, tendría que estar trabajando. Pero yo después llamo y pregunto más o menos como va todo”. (Ese día por alguna razón que no recuerdo, había un corte en circunvalación).

-“Ahh, claro”, digo…

– “Como un periodista”, repite por las dudas…

No recuerdo muy bien como siguió la charla, pero después el tipo me cuenta que estaba en gendarmería porque el padre era bastante capo en la fuerza, y entonces él, que en realidad quería ser He Man, ir al gimnasio y andar en su motota Honda Falcon 400, había terminado allí. Y como a buen hijo de papá le habían dado ese lindo puestito…

Después de tamaña revelación me fui para mi casa masticando mis ideas… Del cuento saqué algunas conclusiones. Primero sentí “cierta tranquilidad” que ese “trabajo” lo estuviera haciendo alguien que parecía carecer de vocación para hacerlo. Y que además, a juzgar por su “boca de jarro” -muy poco reservada-, y por otros conceptos vertidos en la charla, carecía de grandes luces. Por otro lado confirmé aquello que ya sabemos, pero a veces cuesta creer: “los servicios siguen laburando”….

También pensaba que hoy, que la lucha de clases no está en su más alto desarrollo, la gendarmería se puede dar el lujo de tener a este desinteresado nene de papá, pero que cuando la cosa “se ponga jodida” lo cambiarán seguro por alguno con mayor vocación de orejita.

Al final lamenté también que no me iba a resultar fácil contar la anécdota. Había que empezar por el gimnasio…

Por aquellos días, no recuerdo si antes o después, saltó el “escándalo” del denominado “Proyecto X”, protagonizado justamente por gendarmes y destinado exclusivamente a espiar y perseguir organizaciones sociales, políticas y sindicales. También en fechas cercanas la ex Ministra Nilda Garré confirmaba que las fuerzas de la gendarmería habían crecido un 76%, que el presupuesto para esa fuerza se había multiplicado por nueve (9) entre 2003 y 2011, y que además habían comprado no sé cuantos mil chalecos anti bala y 4 helicópteros “Bell-Huey II”. (Estos últimos habrán conocido seguramente los cielos rosarinos el año pasado).

De todo esto me volví a acordar por el revuelo del “Caso Nisman” y toda la trama de los servicios de “información/encubrimiento” de la SIDE (o SI). Pero como bien advierte la Correpi, “cada fuerza armada y cada fuerza de seguridad tiene su propia estructura en materia de espionaje y análisis de datos, que sólo trascienden de vez en cuando, y por algún episodio puntual”[1]. Mis amigos gendarmes ya protagonizaron varios. Otro importante fue el del director artístico del “carancho” que se zambulló en el capot de las manifestaciones por los despidos en la autopartista Lear[2]. El oficialista, pero siempre agudo, Horacio Verbitsky, confirmó que se trataba del “coronel (R) del arma de Caballería Roberto Angel Galeano, un comando de 55 años que estuvo en las Malvinas con Mohamed Ali Seineldín, fue jefe de Inteligencia del Cuerpo de Ejército de Córdoba, y de Contrainteligencia en la Dirección de Inteligencia del Estado Mayor General del Ejército”[3]. A pesar que el asunto del “carancho” tomó cierto vuelo, nadie se escandalizó tanto como para pedir la disolución de esos “servicios” y mucho menos de gendarmería (dios me libre y guarde), la niña bonita que se va de Rosario dejando corazones rotos. (y cabezas)

En fin…

Volviendo a mí historia.

Al poco tiempo abandoné el gimnasio y no vi más a mi amigo servilleta. El brazo se me ha vuelto a salir un par de veces más desde entonces, y algún amigo de las verdades crudas lo bautizó como el “hombrito de cristal”. Parece tratarse de una lesión permanente…

El gimnasio al final no alcanzó para resolverme ese temita, pero me permitió mirar a un servicio de inteligencia cara a cara y concluir que le faltaba bastante de lo segundo, pero que aún así, él y sus colegas están ahí… Permanentes, como mi lesión.

Claro que este He Man está a años luz de ser un Jaime Stiusso, pero quizás, si le dan la oportunidad y el tiempo, algún día me golpee la puerta y me diga “hola profe” (como me saludaba en el gimnasio) ¿se acuerda de mí?

Jaime trabajó ininterrumpidamente desde el ´72. En 40 años de “formación” mi amigo también podría llegar alto… a menos que…

Me opere el hombro.

Notas

[1] http://www.anred.org/spip.php?article9236

[2] https://www.youtube.com/watch?v=ztJ0ysYNxX8

[3]http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/254187-69510-2014-08-31.html